OPINION | PARTIDOS POLITICOS Y DESAFECCION CIUDADANA: UNA ECUACION DESFAVORABLE PARA LA SOSTENIBILIDAD DE LA DEMOCRACIA

Noticiero Demócrata Cristiano |


El más reciente estudio de opinión de la empresa CID-Gallup reitera un dato que hoy ya es una tendencia, a saber: cada día que pasa las personas que afirman no tener adherencia partidaria crecen y se distancian de forma amplia de aquellas que aún mantienen fidelidad hacia un partido político.
Alrededor del 60% de la población encuestada por dicha empresa, señala a mayo del año en curso, no poseer una preferencia partidaria. La estadística es complementada con una línea de tiempo que muestra la pérdida sostenible de respaldo a fuerzas políticas partidistas desde 2010, cuando la adherencia se situaba en el orden del 58% de la ciudadanía. 
Huelga indicar que, de acuerdo con el mismo estudio, el partido más afectado es Liberación Nacional (PLN), la fuerza más longeva y tradicional de las que actualmente engrosan el sistema de partidos políticos costarricense.

Para dimensionar este último aspecto, el texto del estudio indica: “que la caída en preferencia de partido en los nueve años ha sido virtualmente toda la pérdida de seguidores al PLN. La mitad de sus adeptos en 2010, han dejado la agrupación ahora en 2019”. (CID - Gallup, 2019)
A pesar del hallazgo del estudio referido, los restantes partidos políticos no pueden desvincularse del fenómeno. Antes bien, su base de apoyo inicial, mucho menos amplia que la del partido socialdemócrata, también experimenta los efectos de la salida sistemática de adherentes, aunque en proporción directa a la magnitud de referencia empleada por la encuesta.

A manera de ejemplo el otro partido protagonista de las últimas dos décadas del siglo anterior e inicios del actual, el Partido Unidad Social Cristiana (PUSC) descendió del 10% en 2010 a un 6% en el presente.

Aún el Partido Acción Ciudadana, a pesar de sus recientes éxitos comiciales, muestra un nivel de apoyo de un 10%, muy por debajo del 25% observado un año atrás, aunque ligeramente superior al 8% registrado en 2010.

El fenómeno de desafección partidario no es exclusivo del sistema de partidos políticos del país. 

Recientemente en Panamá, donde existe la figura de la candidatura sin partido político a los distintos cargos de elección popular, Ricardo Lombana, un aspirante a la Presidencia de la República en tal condición, alcanzó el tercer lugar en la votación total con el 18,78% de los sufragios, relegando al cuarto sitio al Candidato del oficialismo, el exalcalde de Ciudad de Panamá José Isabel Blandón quien tan sólo obtuvo el 10,84% de los votos válidamente emitidos.

En distintos países del orbe en los que el régimen democrático de carácter representativo se sustenta en los partidos políticos, se aprecia ese paulatino pero imparable proceso de desafección ciudadana, especialmente sentido por sus actores históricamente más sólidos, llevando incluso en situaciones extremas a su extinción, tal como acaeció con la otrora poderosa Democracia Cristiana italiana.

El Partido Socialista Francés, el Partido Social Demócrata alemán, el Partido Popular español o el Conservador inglés son tan sólo ejemplos de fuerzas políticas protagonistas en el devenir político de sus respectivas naciones, cuyo peso político viene en descenso.

Algunos como el Socialista Obrero Español alcanzan éxitos electorales de carácter coyuntural, que tienden a oscurecer la magnitud del deterioro, aunque no lo logran neutralizar del todo.

En países de la región, algunas figuras políticas deciden emigrar de los partidos donde emergieron y desarrollaron una buena parte de su praxis política a fuerzas no tradicionales, desde la cuales mostrar una imagen renovada y asequible a un electorado disconforme. Tal el caso de los actuales presidentes de Argentina y México, Mauricio Macri y Andrés López Obrador, respectivamente.

Más allá de las singularidades de cada país y sistema de partidos, el fenómeno se manifiesta de forma transversal, ocasionando riesgos a la estabilidad institucional de los regímenes democráticos asentados de manera sensible en la institución de la representación política, de la cual los partidos y los órganos de poder público que de ellos surgen, son pieza angular.


El connotado sociólogo Francisco Rojas Aravena señala al respecto:

“La crisis de representación favorece la aparición de propuestas “neopopulistas”. Eminentemente político, el fenómeno neopopulista se manifiesta en un tipo de liderazgo en el cual el rol de las instituciones es muy limitado, ya que se basa en una comunicación directa entre el líder y el pueblo”. (Rojas Aravena, 2006)

Ejemplos concretos de modelos políticos que hoy se caracterizan por la supresión absoluta del sistema de partidos o al menos por su desnaturalización. 
Lo anterior con el consiguiente efecto en sus respectivos parlamentos y demás entes de gobierno colegiados, poseyeron como punto de partida la crisis de las principales fuerzas políticas reflejado en una gobernanza pública compleja, poco efectiva e incluso fallida. Esto permitió el ascenso de líderes de corte populista al ejercicio del poder político, desde donde exhiben rasgos autoritarios potenciadores de la crispación política y social, produciendo escenarios peores que aquellos que justificaron su respaldo social inicial.

Es por ello que no puede pasar desapercibido el dato consignado en el mismo estudio de CID-Gallup referido a la disposición de alrededor de un 62% del total de la muestra de apoyar la asignación de “poderes especiales” al gobernante que los solicitare como medio para reestructurar el Estado en un “periodo de emergencia”. Esto emula lo acaecido en el ya lejano 1948, cuando José Figueres Ferrer al mando de una Junta Provisional de Gobierno, ejerció el poder durante 18 meses tras la culminación de la Guerra Civil de ese año.
Nuevamente, la realidad política reciente de países de América Latina muestra como la insatisfacción ciudadana con la respuesta del sistema político, entre ellos el sistema de partidos, a sus necesidades y expectativas, así como la crispación política y social imperante y azuzada por escándalos de corrupción y sensación de impunidad y compadrazgo de las élites de poder vigentes, sirvieron de caldo de cultivo para la emergencia de liderazgos fuertes que, evocando la necesidad de “poderes especiales” para afrontar lo que calificaban de “periodo excepcional, crítico o de emergencia”, terminaron desestructurando el marco jurídico e institucional de carácter democrático y estableciendo en su reemplazo, modelos políticos con tendencia autocráticos.

Es momento de leer las señales que, estudios como el referido, arrojan en torno al estado actual y devenir del sistema democrático y, particularmente, de la desafección social de la que hoy son sujetos los partidos políticos. 

En tanto no surja una nueva forma de organización política institucional capaz de asumir eficaz y plenamente los fines y propósitos del partido político como vehículo de la representación política, articulación de intereses difusos y conductor del poder político público, es necesario revisar su actual situación, procurando rectificar sus áreas vulnerables y potenciando sus aún válidas ventajas comparativas.

Es menester de las propias dirigencias de los partidos acometer en primera instancia esta empresa; empero también es deber de la sociedad estar vigilante de que tal “aggionarmento partidista” se concrete y de paso se revista de su propia visión y sello. 


La democracia bien requiere ese paso adelante.


Sergio Araya Alvarado