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URUGUAY | JORGE LARRAÑAGA (1956 - 2021), GRANDE EN LA MEJOR ACEPCION DE LA PALABRA: ALVARO SECONDO, SECRETARIO GENERAL UNION CIVICA

Noticiero Demócrata Cristiano |

“Como del rayo” – dijera Miguel Hernández – se fue El Guapo Larrañaga, una lluviosa y desolada tarde otoñal.

Muchísimas y muy merecidas notas y panegíricos se han conocido, desde entonces, en su alabanza.

Los líderes de todos los partidos y sectores políticos, con sus voces transidas de emoción, emitieron conmovedores elogios a un hombre que concitó una tan insólita como justa unanimidad, en su hora postrera.

Es por eso que preferimos hoy que nuestro elogio a Jorge se apoye en episodios menores, en anécdotas acaso fútiles, en situaciones meramente cotidianas que, sin embargo, también hacen a la grandeza de este caudillo innato, político de raza y gladiador inclaudicable, en el que convivían un recio adalid de la institucionalidad democrático republicana y un perpetuo muchacho del interior, tierno y juguetón.

Todos quienes tratamos a Jorge con algún grado de proximidad, sabemos que gustaba de fintear como un boxeador y que, más de una vez, para saludarnos jugando, nos lanzaba algún jab de izquierda o algún cross de derecha que, de llegar a destino –dada su robusta humanidad– es factible que nos hubiese derribado por toda la cuenta. Así era de juguetón. Y no me refiero sólo a sus años mozos, sino también cuando era ya un señor senador que había logrado, como candidato a presidente de la República, la mejor votación que obtuvo su amado Partido Nacional en sus ciento ochenta y pico de años.

El primer acto público del Guapo

Mucho antes del histórico desempeño del Guapo en la elección del 2004, en 1983, con la dictadura en plena declinación después de haber perdido el Plebiscito del ’80, cuando el pueblo uruguayo pronunció el “No” más afirmativo de la historia nacional, al genio de Jorge Batlle se le ocurrió hacer un acto público, pluripartidario, bajo la consigna “Todos juntos por libertad, trabajo y democracia”, como prólogo al acto electoral que se realizaría un año después.

Contra todo pronóstico, los jefes cívico militares autorizaron la realización del acto, que tuvo lugar el 27 de noviembre, justo un año antes de las proyectadas elecciones nacionales, en la ancha Avda. Morquio, al pie del Obelisco a los Constituyentes de 1830. Fue el acto de masas más multitudinario de que se tenga memoria en el país, lo cual le valió ser recordado como el “Río de Libertad”. Otro inolvidable recientemente desaparecido, el Oso Aguirre, redactó la histórica proclama en colaboración con el Dr. Enrique Tarigo (curiosamente ambos electos después vicepresidentes de la República en sucesivos gobiernos) que fue declamada por el primer actor de la Comedia Nacional, Alberto Candeau, en forma magistral.

Simultáneamente, en varios departamentos del interior, se realizaban actos similares y se daba lectura, por parte de personalidades locales, a la proclama redactada por Aguirre y Tarigo.

En Paysandú la leyó un joven de 27 años que hacía sus primeras armas en política, después del largo eclipse de la dictadura.

“Nunca en la vida me temblaron tanto las rodillas” ―nos confesó años después El Guapo, cuando nos acompañó en un acto de la Unión Cívica en nuestra sede de la calle Maldonado. “Creí que no iba a poder terminar la lectura” ― agregó.

Pero vaya que sí pudo, vaya si recibió ovaciones y aplausos por aquél acto, que resultó la cinta de largada de su carrera política, siguiendo una vocación que desarrolló desde muy niño. Fue larga y proficua su trayectoria, llena de mieles y amarguras, triunfos y derrotas, como toda trayectoria que valga la pena, con éxitos y fracasos a los que el Guapo trató, como proponía Kipling, como a dos impostores.
“Conspiradores” sanduceros


Otra anécdota nos contó aquella tardecita el Guapo Larrañaga.

“Siendo yo un muchacho, allá en Paysandú, durante la dictadura, nos reuníamos, algunas noches, en casa de un profesional amigo, un grupo de correligionarios de todos los partidos a “conspirar”.

Una de las voces cantantes era la de un caudillo cívico, de enorme predicamento en Paysandú, lamentablemente ya desaparecido: el Cr. Víctor Thomasset.

Thomasset era de esos referentes ineludibles en una ciudad todavía con rasgos de pueblo en la que todos nos conocíamos. Integraba todas la comisiones pro fomento, todas las instituciones filantrópicas, los clubes deportivos, las asociaciones de profesionales, en fin, un hombre querido por todos, de una actividad permanente en beneficio de la colectividad.

Las autoridades policiales sabían para qué y dónde nos reuníamos y siempre nos estacionaban una camioneta (“chanchita”), con vidrios ahumados y varios policías dentro, supongo que para intimidarnos y para que sintiésemos que estábamos vigilados.

Por cierto, eso no intimidaba para nada al Cr. Thomasset, cuyo coraje era a toda prueba.

Cuando terminábamos las reuniones y salíamos, Thomasset se acercaba a la “chanchita” y golpeaba los vidrios para que los bajaran. Los policías, que en general eran también unos muchachos, bajaban los cristales ahumados bastante desconcertados. Entonces Thomasset les decía: “Quería que me vieran bien, que identifiquen bien mi rostro y que recuerden que participé de esta reunión. Recuérdenlo bien: yo, el Cr. Thomasset, participé de esta reunión.”

A los más jóvenes nos temblaban las piernas ante esa audacia del veterano caudillo. A los policías creo que también”― culminó la anécdota el Guapo.

En fin… una cosa es el tamaño y otra cosa es la grandeza. Y creo que en estas pequeñas anécdotas se vislumbra la grandeza del Guapo. Sobre todo para que lo tengan en cuenta los más jóvenes. Ser guapo, como lo fue Jorge Larrañaga, no es no tener temor. Es saber sobreponerse al mismo. Es levantarse cada vez que uno cae. Y como dijo muy emocionado el presidente de la República, “Jorge se cayó muchas veces; y se levantó más.”

El Guapo y la Unión Cívica

Toda la vida distinguió a nuestro partido con su aprobación y simpatía. Sería acaso por la admiración que suscitaron en él los muchos excelentes parlamentarios que representaron a la Unión Cívica a lo largo de su historia. O quizá porque algún recordado tío o tía o abuelo de Jorge fue cívico, (ya se sabe que en toda familia hay algún cívico), o porque sí no más. Lo cierto es que el Guapo siempre demostró simpatía y proximidad a nuestro partido.

En 2008 esa proximidad se plasmaría en un acuerdo bipartidario, electoral y programático, entre el Partido Nacional y la Unión Cívica, que resultó un anticipo de la coalición multicolor que, diez años después, accedería al gobierno.

En setiembre del 2008 se formalizó ese acuerdo histórico.

En el salón de conferencias del Edificio de las Comisiones del Palacio Legislativo, desbordado de público, los presidentes del Honorable Directorio del Partido Nacional y de la Unión Cívica, Dr. Jorge Larrañaga y Arq. Aldo Lamorte, firmaron e intercambiaron el documento que refrendó esa histórica alianza.

Muchas cosas unían a ambos partidos. Pero ninguna más notable y vinculante que su matriz democrática, republicana y cristiana. Esa nota esencial le daba a ambos partidos una visión humanista del mundo, de la historia y de la proyección hacia el porvenir. A partir de ella, la flamante coalición suscribió un programa a favor de la vida y la educación en valores, el rescate de la ética del esfuerzo personal y colectivo, la promoción de la familia y políticas de estado con justicia social, en el escenario de una economía social de mercado. “Es necesario ― declararon ambos en aquel entonces ― librar una nueva gesta independentista, pero ahora contra la esclavitud de la pobreza, la droga y la violencia que asuela a nuestro país, y eso sólo se logrará con políticas de estado, con el consenso de todos, con coaliciones amplias que dejen atrás pequeñeces y mezquindades.”

Diez años después, esa coalición amplia que vislumbraron ambos líderes en el momento de celebrar su alianza, se convertiría en una luminosa realidad que llevaría a encabezar el gobierno, precisamente, al Partido Nacional; y al Guapo Jorge Larrañaga a darle una lucha sin tregua ni cuartel a la inseguridad, al delito organizado y al narcotráfico, desde el Ministerio del Interior, una batalla durísima, a muerte, en la que iba prevaleciendo el Guapo. Dejó de luchar por la única razón que podía detenerlo: la muerte.

¿Hubiese sido candidato en 2024?

Un último apunte. Wilson Ferreira Aldunate murió en 1988. Si la salud lo hubiese acompañado no hay duda que hubiese sido candidato en 1989 y, con toda seguridad, se hubiese consagrado presidente de la República. Con el Guapo podría ocurrir algo parecido. Después de perder la última elección interna dio la impresión, hasta para él mismo ― se retiró a su chacra y juró “no volveré a subir las escalinatas de la casona del Partido Nacional” ― que su carrera política había concluido. Sin embargo, poco tiempo después volvió al ruedo y con la generosidad y entrega de siempre, respaldó la campaña de quien lo había vencido en buena ley. Resurgió una vez más, creó y desarrolló la campaña “Vivir sin miedo” que fue refrendada por casi la mitad del país y asumió con enorme coraje, sin medir riesgos, la conducción de la lucha contra el delito y el narcotráfico desde el Ministerio del Interior.

Ahora su carrera, efectivamente, ha concluido en este plano terrenal. Pero de no haber fallecido este triste 22 de mayo ¿quién podría asegurar que en el 2024 no estaría el Guapo en las gateras, con todo su brío y su vozarrón intactos, dispuesto a largar en pos de la candidatura presidencial? ¿Y quién osaría decir ahora, dada la unanimidad consagratoria que suscitó su Pascua, que no hubiese sido el mejor candidato de todos?

Descansa en Paz, Guapo. Te lo mereces.