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HAITI | CAMINO A LA SEGUNDA VUELTA, SE BUSCAN HAITIANOS PARA HAITI

Editor Noticiero DC |

El cineasta haitiano Raoul Peck fue alguna vez partidario del ex presidente Jean Bertrand Aristide. Pero en el prólogo que escribió para "Notas del último testamento: la lucha por Haití", el libro del periodista Michael Deibert sobre la vida y la política en el Haití post Duvalier, deja las cosas claras.
"La triste realidad para millones de haitianos que colocaron su destino en las manos de Padre Aristide en 1990 y de nuevo en 1994 es que dejó un legado de mentiras, intolerancia, corrupción, nepotismo y conspiración para eliminar a sus rivales y detractores", escribió.
"Deberíamos habernos dado cuenta", agregó Peck.

Quizás. Pero también es cierto que para cuando los haitianos se dieron cuenta de que Jean Bertrand Aristide era un déspota implacable, ya se había convertido en un amigo cercano de estadounidenses poderosos. Y lo protegieron.
Como sostiene Peck, "se hizo costumbre…, particularmente entre sus amigos estadounidenses de la pseudo izquierda minimizar" lo que estaba pasando o "echarle la culpa a su entorno".
Continuó: "¿Son 'aceptables' los asesinatos de periodistas, las amenazas, la destitución de jueces que son honestos y no suficientemente 'flexibles', el exilio forzado de adversarios incómodos? ¿Merecemos solamente una versión disminuida de la democracia?".
Cuando los haitianos salgan a votar el domingo para elegir un nuevo presidente en segunda vuelta, será la primera vez en 20 años que no se postularán ni Aristide ni su alter ego y ex aliado, el actual presidente René Preval. Este podría ser un punto de inflexión para Haití.
Para el ganador, las dificultades serán enormes. Después de casi 50 años de tiranías represivas —dos Duvalier, Aristide, Preval—, el nuevo presidente heredará una burocracia más semejante a una red de crimen organizado que a una administración pública. Además de eso, Bill Clinton, un viejo amigo del status quo, es hoy el enviado especial de las Naciones Unidas para el país y el asesor no oficial de Estados Unidos en todas las decisiones vinculadas al otorgamiento de ayuda. No es de extrañar que tantos vean a este país desesperadamente pobre como una causa perdida.
Sin embargo, rendirse es el privilegio de los de afuera, que sólo se acuerdan de Haití cuando un horrible desastre natural interrumpe la programación habitual de los canales de televisión por cable. La gente que vive en Haití no tiene más opción que seguir intentando.
Agregaría que a pesar de los obstáculos que acechan, hay algo revolucionario esta vez que hace que el futuro sea más esperanzador. Ambos candidatos en la segunda vuelta —Mirlande Manigat, una constitucionalista de 70 años, y Michel Martelly, una estrella del pop y empresario de la industria de la música de 50 años— están tratando de convencer a la diáspora haitiana de que vuelva, se una al nuevo gobierno y ayude a reconstruir el país. Ningún presidente desde 1975 ha querido eso.
Los analistas ya ven con escepticismo la segunda vuelta basándose en que la primera, realizada en noviembre, estuvo plagada de fraudes. Eso, en gran parte, es verdad. Las circunstancias no podrían haber sido peores para Jude Celestin, el sucesor que Preval eligió. Alrededor de 1,3 millones de haitianos habían estado viviendo en carpas desde el terremoto de enero de 2010 y su sentimiento de desesperanza se estaba transformando en ira. Sin embargo, Preval parece haber pensado que podía decidir que el triunfador sería Celestin. No se dio cuenta de que la paciencia haitiana se había agotado.
Cuando el Consejo Electoral provisorio anunció que Celestin había alcanzado el segundo lugar y enfrentaría a Manigat, la nación explotó en protestas. Para calmar la indignación, Preval aceptó un análisis de la "comisión de verificación" de la Organización de Estados Americanos. La comisión encontró que en realidad Celestin había quedado tercero y le dio a Martelly un lugar en la segunda vuelta.
Aquellos que buscan la perfección electoral están ahora aliados con el bando de Preval, argumentando que todo el proceso debería haber sido invalidado. Pero si a lo que se aspira es un buen gobierno, hay preocupaciones más grandes.
El fraude también afectó las elecciones parlamentarias de noviembre y esos resultados no fueron escudriñados por observadores independientes. Ahora es probable que el partido de Preval se asegure el control del parlamento. Si eso ocurre, podrá designar al primer ministro y al gabinete y frustrar hasta las mejores intenciones del nuevo presidente. Si los estadounidenses de Haití insisten en sus viejos hábitos, la posibilidad de desplazar a los bandidos disminuirá todavía más.
Es por eso que es tan importante llegar a los haitianos exitosos que se fueron del país. La sociedad civil ha sido valiente. Como dice Peck, "decidió levantarse y luchar contra Aristide a través de protestas masivas y pacíficas" en 2003 y 2004 y al final el presidente cayó.
Pero la cleptocracia no se va a rendir tan fácilmente y debe reconocerse que una "fuga de cerebros", que se calcula alcanza a 80% de los profesionales haitianos, aumenta significativamente la vulnerabilidad de la población a los abusos de poder. El presidente que persuada a los haitianos capaces de volver a casa y de sumarse a la lucha para construir una sociedad justa, podría tener una oportunidad de producir un cambio real a Haití.