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PARAGUAY | ¿POR QUE?; EDITORIAL DE SEBASTIAN ACHA

Noticiero Demócrata Cristiano |

Desde la Grecia Antigua y antes de Sócrates, ya hay registros suficientes sobre las primeras preguntas y dudas del ser humano: ¿De dónde venimos? ¿De qué estamos hechos? La búsqueda del “arkhé” o el origen natural de todas las cosas ha rondado nuestra mente desde tiempo inmemorial. 

A lo largo de su — corta — historia, el homo sapiens ha intentado dar explicación suficiente sobre el motivo de su vida, el porqué de la creación, el fin del universo, el porqué de un creador. 

Se han montado desde mitos — en las primeras civilizaciones de sapiens — hasta religiones y doctrinas científicas y políticas acerca de la creación y de los fines de la misma. ¿Para qué vivimos? ¿Porqué nací así y no de otra manera? ¿Alguien creó todo? ¿Y para qué…?

No nos hemos ahorrado esfuerzos los seres humanos en tratar de imponer algunas respuestas. Matamos a Sócrates y luego a cientos de filósofos, profetas y ejércitos enteros con el fin de reivindicar “nuestra” verdad metafísica si sobre Alá y Mahoma, Dios o Jesucristo, Jehová y la espera del Mesías hasta Dioses maravillosos que adornan nuestro cielo, dan de comer a los animales y nos envían lluvias o huracanes para premiarnos o castigarnos.

Lo que nunca pudo ponerse en duda es que, cuando esta vida — sea de donde fuera que venga — se encuentra en peligro, la humanidad ha “enterrado el hacha” a fin de conseguir una propuesta para poder seguir en pie y seguir “viviendo” esta existencia aunque no estemos de acuerdo sobre su sentido o su fin.

Pudimos aniquilarnos totalmente desde mayo de 1945 cuando explotó la primera bomba atómica y conocimos el poder nuclear del átomo mas sin embargo no lo hemos hecho hasta hoy. Quiere decir que quizás, al contrario de lo que Einstein pensaba — y quién soy yo para refutarlo sino solo a los hechos me remito — la estupidez humana parece no ser infinita.

Es que con pesimismo, envidia y desesperanzados, los seres humanos se aferran a la vida. Y así nos ha encontrado una vez más este 2020 ante una pandemia impensable y un azote absolutamente inimaginable como lo fue el Covid19. Si bien seguimos mostrando las plumas de pavo para alardear un poco más que el vecino, no hay dudas que la gran mayoría de los habitantes del planeta buscan esperanzados ya hoy que esta vacuna permita volver a una “normalidad” de la que no tuvimos aprecio hasta que empezamos a perderla. 

Y en este momento cumbre, hasta ciencia y religión e ideologías se dan la mano. Dice Stephen Hawking que debe ser tan maravillosa la conjunción de elementos naturales y su desarrollo para que se de la vida que el hecho de que exista vida afuera de nuestro planeta sería fruto de esa increíble conjunción, que, en los centenares de miles de millones de galaxias que existe en el espacio observable, debería existir algún hecho inigualable como el que ha ocurrido en este planeta. Quienes somos religiosos, llamaríamos a esto “milagro”. El científco lo llamaría “serendipia” y el agnóstico quizás se remita a llamarlo casualidad. 

Pero lo cierto es que tanto tal es la maravilla natural, química y física de vivir una vida — había sido — tan frágil, que me animo a pensar que el mundo después de tanto espanto debe ser mejor. 

Y es así porque quien escribe, se inscribe en la lista de los optimistas irracionales. Porque el optimismo cambia el curso de la historia. 

La historia nos lo enseña. Según el periodista y escritor Martin Alen, luego de los bombardeos a Londres, a fines mayo de 1941, el embajador sueco ante Reino Unido Bjorn Prytz quien compartía con Winston Churchill una cena, preguntó en tono preocupado a este último “qué pensaba hacer con la guerra”. La pregunta obviamente iba dirigida a entresacar alguna posibilidad de la firma de una rendición “digna” ante la inminente derrota inglesa (en ese momento, no había dudas que Alemania ganaría la guerra). Dicen que el premier británico, luego de terminar su cognac y dejar reposar su habano le dijo: “Señor Embajador. Había dos sapos, uno optimista y uno pesimista. Ambos sapos llegaron hacia un cubo lleno de leche fresca y se metieron en él de cabeza. Mientras el pesimista vio que no podría salir del cubo, se dejó vencer, y se hundió en la leche el optimista pensó en luchar hasta la muerte por intentar salir a flote y resistió con todas sus fuerzas, hasta que por la mañana la leche se había convertido en mantequilla y el sapo optimista estaba encima de élla.. Pués bien: ¡yo soy el sapo optimista!”.

No rendirse nunca. No claudicar jamás. El 2021 será un gran año. Con vacuna o sin ella. Estaremos de pie esperándolo. ¡Feliz año!