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EL SALVADOR | "RESTAURAR NUESTRAS CUENCAS DEBE SER PRIORIDAD NACIONAL": JUAN ALVAREZ, PARA LA PRENSA GRAFICA

Noticiero Demócrata Cristiano |

Juan Marco Álvarez es un profesional que se ha dedicado tanto a asuntos corporativos como a la sostenibilidad en general. Ha sido director de ONG como SalvaNATURA, director de entidades como el Consejo Empresarial Salvadoreño para el Desarrollo Sostenible (CEDES), y director del programa global de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), con sede en Ginebra, Suiza. Ahora es, además, candidato a diputado por el PDC.Desde su visión técnica, explica cómo el cambio climático está cambiando la vida de la humanidad, y asegura que, con un verdadero compromiso colectivo, es un proceso aún reversible, eso sí, en el largo plazo.

¿Qué impacto está teniendo el cambio climático en la vida humana? 

El calentamiento global y el cambio climático están literalmente encima de nosotros. Los últimos 10 años han sido los más calurosos a la fecha y se espera que el 2020 rompa récords. Los modelos climáticos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) están pronosticando que las temperaturas en el planeta podrían aumentar entre 1.4 y 6º C para finales del siglo de no hacer nada al respecto. Esto se debe al consumo de combustibles fósiles y deforestación, entre otros, que generan gases de efecto invernadero (GEI), como el CO2 y el metano. 

Y aunque El Salvador no emite altas concentraciones de GEI, pues genera tan solo 0.04 % de las emisiones globales, ya está sufriendo los efectos del calentamiento global con muchos de los impactos descritos arriba. Hoy día, el aumento promedio global de temperatura que hemos provocado como humanidad es del orden de 1.1 C, desde los inicios de la Revolución Industrial a partir de 1750. Y el futuro no se ve nada alentador. Y aunque ese aumento de 1.1 C no parece mucho, hay que verlo con muchísima cautela considerando lo que ya estamos viviendo: derretimiento del hielo en los polos y en Groenlandia; incendios descontrolados en el hemisferio norte como California y Oregon, los países nórdicos y Siberia; Australia por supuesto; sequías, huracanes e inundaciones de mayor intensidad, la tormenta Amanda-Cristóbal y el huracán Eta por ejemplo; erosión de las zonas costeras; empobrecimiento de la calidad del aire, y por supuesto, los consecuentes refugiados climáticos incluidos muchos de nuestros compatriotas salvadoreños quienes ya están buscando otras tierras donde moverse. 

A manera de ejemplo, para el año 2050 o antes, la CEPAL proyecta que la temperatura media anual aumentará en 2° C y la lluvia media anual se reducirá en al menos un 15 % respecto al período 1988-2000. La realidad es que se proyectan largos períodos de sequía en toda la región centroamericana en los próximos años. 

Otras proyecciones al 2050 indican que el nivel del mar en Centroamérica aumentará en 18 centímetros. Las consecuencias de estas manifestaciones climáticas en los cultivos y en la generación de la energía, además de otros sectores, ya son previsibles para El Salvador. Al respecto, y en cuanto a la generación hidroeléctrica promedio respecto a 1984-2009, se proyectan reducciones de hasta 20 % para 2030 y de hasta 40 % para el año 2050, según datos del MARN.

¿Cuál es el estado actual de las emisiones de gases de efecto invernadero que provocan el calentamiento global o cambio climático? 

Bueno, en términos de las emisiones históricas acumuladas desde 1751 hasta 2017, el mundo ha emitido más de 1.5 billones de toneladas de CO2. Y esta acumulación es la que ha generado ese aumento promedio en la temperatura de 1.1 C a la fecha. En cuanto a los países principales, Estados Unidos ha emitido más CO2 que cualquier otro país a la fecha: aproximadamente 400 mil millones de toneladas, siendo responsable del 25 % de las emisiones acumuladas históricas. Esto es el doble de las emisiones de China, que representa el segundo mayor contribuyente de emisiones en el mundo con 12.7 %. Los 28 países de la Unión Europea contribuyen emisiones acumuladas de un 22 %. Y Rusia un 6 %. Ahora, muchos de los grandes nuevos emisores como India y Brazil, no constituyen principales emisores en el contexto histórico. Y las contribuciones regionales de África y Latino América, con relación a su tamaño poblacional, han sido muy pequeñas la verdad. Emisiones muy bajas per cápita históricamente hablando y también en la actualidad. Esto tiene que ver con bajos niveles de desarrollo en gran parte.

Ahora, ¿cuáles son las emisiones acumuladas en Centro América y por país? Guatemala es el principal emisor de nuestra región con 404.4 millones de toneladas; Panamá con 270 millones de toneladas; Costa Rica con 232 millones; Honduras con 230 millones; El Salvador con 213.3 millones; Nicaragua con 161 millones; y Belice con apenas 17 millones de toneladas. Claramente, y como región, no somos los principales emisores de gases de efecto invernadero en el planeta. Realmente nuestras emisiones son insignificantes. Sin embargo, somos una de las regiones más vulnerables ante el impacto del cambio climático. Y El Salvador es todavía más vulnerable debido a su ubicación geográfica, sumado a la degradación ambiental de su territorio; desde cuencas deforestadas y áreas naturales disfuncionales, construcción desbordada y sin medidas preventivas, hasta aguas superficiales contaminadas y acuíferos disminuidos.

¿Es un proceso reversible?

Es correcto, pero es reversible únicamente en el largo plazo por el efecto que ya están provocando los gases acumulados. Vale la pena recalcar que la primera respuesta política internacional al cambio climático comienza con la Cumbre de Rio en 1992, donde se adopta la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). Esta convención establece un esquema de acción destinado a estabilizar las concentraciones atmosféricas de gases para evitar “interferencias antropogénicas peligrosas provocadas por el hombre en el sistema climático”. La CMNUCC entró en vigor el 21 de marzo de 1994 y El Salvador la ratificó en agosto de 1995. Hoy día la Convención tiene una membresía de más de 195 Estados o “partes”.

El objetivo principal de cada Conferencia de las Partes (COP) o reunión de Estados es revisar anualmente la implementación de la Convención. La primera COP tuvo lugar en Berlín en 1995 y algunas de las más importantes han sido la COP 3, donde se adoptó el Protocolo de Kyoto; la COP 11, donde se produjo el Plan de Acción de Montreal; la COP 15 en Copenhague, que aunque fue un desastre por no haberse logrado ningún acuerdo legal o “vinculante” post Protocolo de Kyoto, el Presidente Obama si provocó un arreglo donde todos los países se comprometieron a definir sus propias metas de reducción de emisiones con acciones específicas según sus propias economías; y la COP 17 en Durban, Sudáfrica, donde se creó el Fondo Verde para el Clima, el cual constituye el brazo financiero oficial de la Convención. Y por supuesto esta la COP 21 del 2015, de donde surge el Acuerdo de París en 2015. 

Según este último Acuerdo, los gobiernos del planeta se han comprometido a limitar el aumento de la temperatura global muy por debajo de 2°C, idealmente en 1.5°C para el año 2100 como máximo. Pero los planes climáticos nacionales que presentaron los países en 2015, y aun con las propuestas mejoradas de algunos países presentadas en la reunión de los gobiernos conocida como “COP 25” de Madrid a finales del 2019, difícilmente se logrará mantener la temperatura debajo de 3.3° C para el 2100. A pesar del compromiso de los países, las emisiones globales de gases continúan en aumento. La humanidad genera hoy 110 millones de toneladas de carbono diarias, y se estima que la curva seguirá creciendo hasta el 2030. De hecho el Planeta está en camino de sobrepasar los 1.5 C en el 2040. Entonces al final, revertir este proceso dependerá de los nuevos planes de acción climática de los países, los cuales serán aprobados en la COP 26 en Glasgow, Inglaterra en Noviembre 2021. 

¿Qué efectos estamos viendo particularmente en Centroamérica y en El Salvador?

La situación de vulnerabilidad de El Salvador es algo delicado para el futuro desarrollo del país. De particular preocupación son los patrones cada vez más erráticos e impredecibles de la lluvia estacional y el aumento de la temperatura. Fíjense que durante los años de El Niño, la precipitación cae en un 30-40 %, incluido largos períodos de olas de calor durante las cuales casi no llueve. En contraste, durante años de lluvias más intensas como este 2020, hay tormentas tropicales que a menudo tienen efectos devastadores sobre el medio ambiente y la producción agrícola. Lo que vivió este País y Guatemala durante las tormentas Amanda-Cristóbal es un claro ejemplo. 

En el 2015, una sequía muy severa provocó la pérdida de 86,000 ha de maíz, lo que representó la destrucción del 60% de la producción nacional. Los niveles de los ríos fueron entre un 20 y un 60% más bajos de lo normal. Y en la zona de oriente, los ríos eran de hasta un 90% más bajo. También las lluvias estuvieron por debajo del promedio y las temperaturas estuvieron por encima del promedio. Ya existe evidencia clara de que la creciente escasez de agua doméstica está provocando fallas en los medios de vida de las personas en áreas rurales en el oriente (lo marcado en rojo), y esto se refleja en las migraciones hacia el norte. 

Todo esto está trayendo consecuencias negativas para la sostenibilidad y el desarrollo económico, social y ambiental del país. La vulnerabilidad en la que El Salvador se encuentra debido a la degradación de sus recursos naturales, tampoco nos favorece ante lo que se avecina con el cambio climático. Por ejemplo, nuestros suelos erosionados y cuencas deforestadas, no permiten una buena captación e infiltración del agua, además que la contaminación que generamos en las aguas superficiales afecta la calidad de la misma. En ese sentido, un país con un alto estrés hídrico como el nuestro, y ante semejantes escenarios climáticos, necesita invertir con extrema urgencia en mejoras de su sistema natural del agua.

¿Está viviendo El Salvador un proceso de desertificación? 

Bueno, hay tierras tan deforestadas y erosionadas en nuestro país que, efectivamente, ya están en proceso de desertificación. Pero eso no necesariamente está relacionado con el cambio climático sino más bien con la degradación continua de nuestro territorio. Ya en el año 2,000, el MARN llegó a afirmar que el 60 % del territorio poseía algún grado de erosión y que anualmente se erosionaban 59 millones de toneladas de suelo. Esto es terrible realmente pues nuestra productividad forestal y agrícola ha ido desapareciendo año con año, acabando por supuesto en el mar. 

¿Cómo está cambiando la vocación de nuestro territorio para cultivos? Se dice, por ejemplo, que nos estamos quedando sin terreno apto para el cultivo del café. 

Eso es algo inevitable con los records anuales de aumento en las temperaturas, ya que existen variedades de café que no resisten. El desplazamiento o el cambio de cultivos ya tiene años de ser una realidad en El Salvador. Para el 2010, El Salvador contaba con aproximadamente 200,000 manzanas cultivadas de café. Ahora se estiman en menos de 150,000 manzanas. ¿Qué ha pasado con la mayoría de esas 50,000 manzanas? Estas en su mayoría eran de café de bajío, las cuales poseían abundante diversidad de árboles de sombra. Esta deforestación, si se quiere, ha generado impactos ambientales graves, en especial por la falta de infiltración y retención de aguas lluvias, y por supuesto por la erosión misma. Aunque no tengo datos exactos, la mayoría de ese café de bajío se ha convertido en estos últimos años en cultivos de granos básicos, como maíz y frijol. 

Hace un par de años el MARN dijo que el 80 % del país estaría en estrés hídrico para 2022, ¿cómo podemos evitarlo?

Bueno, con solo estar ubicados en el corredor seco centroamericano ya estamos en zona de estrés hídrico, pero más allá de esto, la continua degradación ambiental del territorio ha contribuido a disminuir la disponibilidad y la calidad de nuestro recurso hídrico. Por consiguiente contamos con menor disponibilidad para una creciente demanda del agua. De hecho, el país ya se encuentra por debajo del umbral del nivel aceptable de estrés hídrico, o sea el equivalente a 1,700 m3 por habitante por año. La zona oriental es la que posee mayor estrés hídrico y a la que debemos prestar más atención si queremos potenciar la vida y el desarrollo económico de todo el oriente del país. 

¿Qué podemos hacer para revertir todo esto que es parte de nuestra agenda urgente de país? En primer lugar tenemos que potenciar el papel de la naturaleza y ampliar la infraestructura que provee agua. La inversión en la restauración de nuestras cuencas hidrográficas y la re infiltración de agua en nuestros acuíferos debe ser prioridad nacional y esto incluye restaurar bosques en las tierras altas y otros ecosistemas cruciales como las áreas ribereñas y los humedales. Y es que tenemos que entender que el nivel actual de deterioro está comprometiendo nuestra seguridad hídrica, incluyendo aumentos en el costo del agua. Se requieren inversiones sostenidas en revertir la degradación actual, pero acompañadas de mejores políticas públicas como una buena Ley del Agua. Este combo si se quiere, traerá importantes beneficios para los ecosistemas, incluidos suministros de agua más confiables, así como la reducción de los riesgos de inundación.

No menos importante son las mejores prácticas en cuanto al uso más eficiente del agua. Tenemos demasiadas ineficiencias pero también las oportunidades para ahorrar agua son vastas. Y esto nos puede preparar mejor ante los riesgos climáticos. Al respecto, para reducir la demanda del recurso hídrico en nuestras ciudades, se pueden promover esquemas de precio diferenciado y hasta incentivos para su conservación. La reparación de las fugas en las tuberías es algo que el Gobierno debe hacer de rigor, pero también lo es la recuperación de aguas lluvias como forma de utilizar más eficiente el recurso. El tratamiento de aguas servidas para ser reutilizadas en el sector agrícola también es clave. Y justo en este sector es donde el MAG podría tener gran impacto, al promover políticas que faciliten métodos apropiados y nuevas técnicas de irrigación, y en general, promover una agricultura inteligente con el clima.

Asimismo, el Gobierno, por ahora por medio de CEL y ANDA, debe también considerar la construcción de reservorios, crear sistemas interconectados de agua y mejorar la recarga de los acuíferos. También, y para proteger mejor a las comunidades vulnerables, se debe invertir en mejoras de infraestructura para el control de las inundaciones, como sistemas de aguas lluvias, ampliación de canales de drenaje, lagunas de laminación y otras medidas de retención como terraplenes.

El gobierno y las instituciones del sector hídrico ahora tienen que considerar los elementos del riesgo climático a nivel de planificación y en lo operativo. Esto incluye invertir en mejores sistemas de monitoreo del agua. Pero en general, la planificación requerirá una colaboración más estrecha con la gestión meteorológica en el MARN y con el MINGOB, encargado del tema de prevención de desastres. Ante la realidad de futuras e inevitables inundaciones y sequías, se podría comenzar con acciones como la colocación de reservorios en sitios clave para retener escorrentías y a la vez minimizar los daños aguas abajo. También acciones como la manutención/infiltración de los mantos acuíferos nos servirá de mucho en años de sequía severa. Estos esfuerzos, siempre y cuando sean bien enfocados, podrán brindar los frutos requeridos en un País como el nuestro.